En 1807 Portugal rechazó la propuesta de Napoleón de acceder al bloqueo continental del Reino Unido, lo que provocó la invasión del país luso por tropas francesas. Ante la presencia del ejército francés, la familia real encabezada por su rey Juan VI se trasladó a la colonia portuguesa de Brasil, concretamente a Río de Janeiro, convertida en capital de Portugal desde 1808 a1821. Mientras tanto, las insurrecciones de Oporto y Lisboa de 1820 posibilitaron el surgimiento de un régimen liberal monárquico en Portugal, que tomó como modelo la Constitución española de 1812, La Pepa. Cuando Brasil se independizó en 1822, Lisboa recuperó su condición de capital.
Los hechos narrados en los siguientes fragmentos, extraídos del libro El Imperio eres tú, de Javier Moro, tienen como escenario los anteriores acontecimientos.
TERCERA PARTE
Si marchas a la cabeza de las ideas
de tu siglo,
estas ideas te seguirán y te
sostendrán.
Si marchas detrás de ellas, te
arrastrarán consigo.
Si marchas contra ellas, te
derrocarán.
NAPOLEÓN III, Fragmentos históricos
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Estaba don Juan (rey de Portugal que
se trasladó a la colonia portuguesa de Brasil ante la invasión de Portugal por
parte de Napoleón) lanzando puñados de granos de maíz a los pavos reales del
jardín cuando le anunciaron la llegada del almirante William Carr Beresford, el
hombre que, desde la expulsión de los franceses, administraba Portugal según un
acuerdo con la monarquía portuguesa. La víspera, había visto llegar la flotilla
británica desde la playa de Cajú, la más cercana al palacio, adonde, por
indicación de sus médicos, iba todos los días a poner en remojo la herida de su
pierna infectada por la antigua picadura de una garrapata.
El rey cruzó la veranda, entró en su
dormitorio y se dirigió a la sala contigua, que estaba acondicionada como sala
de reuniones. Allí le esperaba el almirante, un individuo alto con el pelo ralo
y grisáceo que hablaba un portugués decente. Después de los saludos
protocolarios, el británico fue al grano.
—No hay tiempo que perder, majestad.
He dejado Portugal a punto de alzarse a sangre y fuego. Nuestra situación es
tan delicada que he decidido efectuar este viaje para poneros al corriente...
En ese momento, pasó un criado que
llevaba un recipiente tapado con un mantelito de terciopelo rojo. Como esa sala
era el único acceso al cuarto donde dormía el rey, los sirvientes tenían que
atravesarla para vaciar los orinales que el monarca había utilizado durante la
noche. El rastro hediondo que dejó el paso del criado provocó una mueca de asco
en el rostro del mariscal. Don Juan ni se inmutó.
—Entiendo, entiendo... —dijo
rascándose debajo de la ropa—. ¿Y qué puede hacer su majestad?
El británico parecía incómodo, no se
sabía si por el olor o porque no veía la forma de decirle lo que pensaba...
Finalmente le soltó:
—Ejem... No creo que podamos seguir
gobernando con una corte..., cómo decirlo, errante...
Volvió a pasar un criado con otro
recipiente cubierto de terciopelo, esta vez limpio.
—Ya veo... —dijo don Juan aplastando
de un manotazo un mosquito que había en su barbilla.
Fue el eco de la revolución liberal,
iniciada en Cádiz el día de año nuevo de 1820 por el general Rafael de Riego,
lo que había precipitado el viaje del almirante Beresford. Hubo
pronunciamientos en toda España contra el rey Fernando VII, en una protesta
generalizada contra la devastación a la que había sometido al país y a la
Hacienda durante siete años. El general Riego intentó forzar al rey a jurar la
Constitución de 1812, pero fue en vano. Lo consiguió la multitud enfervorizada
que terminó rodeando el palacio real de Madrid. El rey, de acuerdo «a la
voluntad general del pueblo», publicó a regañadientes un manifiesto en el que
mostraba su apoyo a la Constitución: «Marchemos francamente, y yo el
primero, por la senda constitucional», proclamaba.
Extrañamente, don Juan sonreía
mientras escuchaba el relato que le hacía el británico.
—Pobre Fernando, aunque se lo ha
buscado... —dijo pausadamente—. Esa noticia no le gustará a mi mujer.
—El problema es que Portugal se ha
contagiado de esa efervescencia. Como su majestad recordará, ya en 1817 un
grupo de militares con conexiones masónicas intentó alzarse contra nosotros...
—Lo recuerdo perfectamente. Nunca
entendí por qué no permitisteis a los condenados seguir la costumbre de apelar
a la gracia real...
—Hubiera sido un proceso muy largo
porque su majestad estaba aquí, a cinco mil millas de distancia...
—Yo les hubiera indultado, almirante.
El británico tosió repetidas veces,
molesto con el comentario de don Juan. En un intento de restablecer el orden a
cualquier precio, había dado la orden de juzgar a los detenidos en secreto y
ejecutar a los doce condenados. Sin embargo, lo peor fue que el jefe de los
insurrectos, el general Freire, un masón, fue ajusticiado tan cruelmente que
uno de sus verdugos se desmayó mientras obedecía la orden de descuartizarle. Y
aquel detalle escabroso caló hondo en la hastiada población de Portugal.
—Necesitaba dar un ejemplo
contundente —terció el británico—. Si su majestad hubiera estado en Lisboa,
quizá no hubiera sido necesario abortar la insurrección tan violentamente.
El almirante le devolvía el golpe.
Qué poco le gustaban a don Juan esos ingleses altivos, esos lobos con piel de
cordero que se afanaban en decirle lo que tenía que hacer. Desde siempre, la
dependencia de los ingleses era el precio que los portugueses tuvieron que
pagar por ser independientes de España. Siempre los vio como un mal necesario.
—No es bueno crear mártires... —dijo
don Juan—. Luego vuelven del otro lado, siempre regresan, a veces en sueños, a
veces de verdad...
—He dejado tras de mí a un país al
borde de la rebelión, sacudido por ideas absurdas de revolución —siguió
diciendo el almirante—. Sólo su real presencia puede ayudar a contener la
marea.
Don Juan no contestó. El almirante
insistió:
—Antes de que vuelvan los mártires,
es su majestad quien tendría que regresar a Portugal...
Don Juan permaneció otro rato
silencioso. Luego, como restándole importancia y sobre todo gravedad al asunto,
se estuvo quitando la mugre de las uñas antes de preguntar, sin mirar siquiera
al almirante:
—Que haya estallado una revolución
en España no significa que lo haga en Portugal. Gracias a Dios, los portugueses
no han tenido a un rey como Fernando.
—Majestad —terció el Almirante—. En
Portugal, todos quieren que la corte regrese a Lisboa porque el pueblo ve con
desprecio la idea de ser la colonia de una colonia.
Luego adoptó un tono más grave:
—Sólo su majestad puede salvar la
monarquía. Os lo ruego, regresad a Portugal cuanto antes. He hecho esta
travesía sólo para suplicaros que, por favor, volváis.
Don Juan exasperaba al almirante
porque no parecía compartir la misma urgencia. El paso constante de criados
portando recipientes de dudoso contenido añadía tensión a la conversación.
—No queda mucho tiempo, majestad...
—decía el británico, apretando los puños.
—Estoy esperando la llegada del
conde de Palmela de Londres, que viene a asumir la cartera de ministro de
Asuntos Exteriores. No quiero tomar ninguna decisión antes de deliberar con él.
Exasperado, el almirante le hizo una
última propuesta:
—Si me lo permitís, os sugiero que,
si su majestad no puede, que por lo menos mandéis al príncipe heredero...
—¿Os referís a don Pedro? Aún es muy
joven y está poco acostumbrado a lidiar con asuntos de Estado.
—Su presencia bastará para calmar
los ánimos.
—Lo pensaré, almirante.
Antes de despedirse, el británico le
entregó un paquete atado con una cuerdecita:
—Majestad, os he traído varios
ejemplares del Correio Brasiliense, revista que, como vuestra majestad
sabe, se publica en Londres.
—... Sí, por una banda de
revolucionarios.
—No todos los que escriben en ella
son republicanos... De hecho, os he traído estos ejemplares porque hay cartas
abiertas dirigidas a su real persona. Os ruego que las leáis.
—Gracias, almirante, lo haré sin
duda —dijo suspirando—. ¡Noticias de Europa!... Descuide, que las devoraré.
Al día siguiente, don Juan se llevó
las revistas a su bañera especial, situada en la playa, y montada alrededor de
una estructura de madera, una especie de plataforma de baño móvil con un
sistema de ejes y poleas. Había sido necesario construir todo ese tinglado
porque don Juan sentía pavor a bañarse en el mar. Le aterraban los cangrejos,
aparte de que sentía aversión por el contacto con el agua. Tumbado en una
bañera sujeta por cuerdas y que tenía agujeros en la parte baja para dejar
pasar el agua, sus criados le hacían descender hasta que el mar le cubría la
herida. Lo justo, porque de lo que se trataba era de mojarse lo menos posible.
Desató el fajo de revistas que le
había entregado el inglés y empezó a leer: «En Portugal corre el rumor que
S. M. les ha abandonado y ha transferido toda la riqueza de Portugal a Brasil —decía
una “carta abierta a S.M. el rey de Portugal”—. La gente no ve que la
residencia de S. M. en Brasil sirva para garantizar la independencia de
Portugal. Lo que ven es un vacío, y su transformación de metropolitanos en
sujetos coloniales.» Esas noticias le sumían en un estado de profunda
perplejidad, al que se añadía un inevitable sentimiento de culpabilidad. Era
consciente de que una medida suya que había sido clave para la prosperidad de
la colonia, esto es, la liberalización del comercio, había arruinado, por otro
lado, a los comerciantes portugueses y había precipitado la ruina de la
metrópoli. Desde la apertura de los puertos, las exportaciones portuguesas a
Brasil se habían desplomado un noventa por ciento en beneficio de las
británicas y francesas. Si a esto se añadían los años de ocupación francesa y
ahora la dominación británica, el resultado era que su patria estaba hundida en
una miseria moral y material como nunca en su historia. Una sexta parte de la
población de Portugal había desaparecido, ya fuese por el hambre, porque había
caído en los campos de batalla o porque había huido del país. Una hecatombe.
Pero ¿sería posible volver al sistema anterior, es decir proteger abusivamente
el comercio y devolverle el monopolio a Portugal? Don Juan sabía que la
Historia no daba marcha atrás. Si no, allí estaban los ingleses para
recordárselo.
Siguió leyendo: «Grupos de
vagabundos, espectros de hambre y pobreza vestidos de harapos, merodean por las
calles... —decía el autor de otra carta abierta publicada en otro número de
la misma revista—. Pálidos, deformados y desfigurados, tan moribundos como
lo está su propia patria.» Esas descripciones cuadraban perfectamente con
las expresiones de angustia en los rostros de los lisboetas que había visto la
noche de su partida, hacía ya doce años, y que se le quedaron grabadas en la
memoria.
¿Cómo olvidarlas? Iba en un carruaje
discreto desde el palacio de Ajuda, en lo alto de Lisboa, hasta el muelle; su
chófer iba vestido de calle y no de uniforme para evitar ser reconocido y lo
acompañaba un solo criado. Llovía a mares y las calles estaban enfangadas. A lo
lejos se oían los cañonazos del ejército de Napoleón. Entre los visillos de la
ventanilla alcanzaba a ver cómo muchos lisboetas lloraban, mientras otros
lanzaban imprecaciones contra su rey que huía. Había mandado pegar carteles en
las calles en los que explicaba que las tropas invasoras se dirigían muy
particularmente contra su real persona y que «sus leales vasallos serían menos
inquietados si él se ausentaba del reino». Quiso dejar bien claro que se
marchaba por amor a su pueblo, para ahorrarle sufrimientos inútiles. Sin
embargo, la gente, con expresión de rabia silenciosa, no lo veía así. Percibían
la mudanza a bordo de los navíos de tantas riquezas y bienes como un saqueo
previo al que practicarían los franceses. Además no se iba solo: le seguían los
hidalgos, los privilegiados, los que estaban vinculados a la corte o al
gobierno, los más ricos, esos que a última hora ni se molestaban en disimular
que huían porque pujaban a pleno pulmón por obtener pasaje en alguno de los
barcos.
Fue un último viaje por las calles
de Lisboa sin pompa ni decoro, sin multitudes saludando su paso, sin protocolo
ni ceremonial propio de su rango. Una experiencia penosa para un soberano
acostumbrado a despliegues fastuosos de devoción. Abajo en el puerto no había
nada para honrar a un monarca que se iba de viaje: ni doseles de seda, ni un
estrado forrado de telas damasquinadas desde donde dirigirse a la plebe, ni
caminos bordeados de flores. Sólo un barrizal tan impracticable que unos
alguaciles tuvieron que colocar planchas de madera para que pudiese acceder a
la pasarela de una galera. ¡Qué gran confusión había en los muelles del Tajo!
Todos querían irse, a cualquier precio, y se amontonaban cajas, baúles, maletas
y miles de cosas más, muchas de las cuales se quedaron en tierra mientras sus
dueños conseguían embarcar, y otras fueron embarcadas sin que sus dueños
pudieran hacerlo.
Recordaba ahora don Juan, tumbado en
su bañera en la playa, cómo su madre, la reina María, se negaba a salir de su
carruaje y a embarcar. «¡Yo no me voy! ¡No me voy!», repetía ofuscada. Al
final, viendo que el tiempo se echaba encima, el patrón mayor de las galeras reales
cogió a la reina en brazos y cruzó la pasarela, mientras la mujer pataleaba y
le llamaba perro sarnoso. ¡Dios mío, qué vergüenza le hizo pasar! Al pasar
delante de su hijo, con esa mezcla suya tan peculiar de locura y sentido común,
y los ojos inyectados en sangre, le soltó: «¿Qué batalla hemos perdido para
tener que irnos todos a Brasil, me lo puedes decir?» ¿Qué podía contestar él?
¿Que eran demasiado débiles para luchar contra Napoleón? Huir sin luchar era un
concepto que su madre nunca entendería. Pero él —que había crecido y más tarde
gobernado desde la debilidad más absoluta— lo tenía bien asimilado. Su hijo
Pedro, que era un niño de nueve años, lo miraba todo con ojos desorbitados.
Luego, al cruzar la pasarela, oyeron un grito procedente de la multitud, un
«¡traidor!» lejano y difuso. Don Juan se detuvo y volvió la cabeza oteando el
horizonte, como buscando descubrir de dónde venía el insulto. Y de pronto vio,
más allá de la muchedumbre que se afanaba en los muelles, aquella ciudad como
si fuese la primera vez que lo hacía. Olvidando el grito, se quedó contemplando
Lisboa bajo un cielo plomizo, con el corazón henchido de pena. Qué bellas le
parecían de repente las colinas de Alfama y del Chiado, las casas blancas que
bajaban en cascada hasta el río, las ruinas del castillo de San Jorge, las
balaustradas de mármol de las terrazas del palacio de Ajuda, los tejados de las
iglesias... Qué bella le pareció en ese momento aquella antigua sede del
imperio que encerraba todo el peso de la historia y de la tradición que le
habían acunado desde la infancia. Y qué doloroso ser testigo de una decadencia
tan deshonrosa. ¿Qué tipo de rey era, que abandonaba a su pueblo, que despojaba
a la nación de sus símbolos? De pronto rompió en sollozos. Su hijo Pedro nunca había
visto llorar a su padre de esa manera. En público, los cortesanos le habían
visto soltar unas lágrimas de emoción en algún concierto. Pero éstas no eran
lágrimas sueltas, era un llanto profundo, sollozos entrecortados de un hombre
desesperado, un hombre que se veía a sí mismo como un fracaso. Pedro se acercó
a él, tímidamente, y le dijo casi en voz baja, señalando hacia la ciudad:
«Padre..., ¿luchamos?» E hizo el gesto de desenvainar una espada. «Les podemos
ganar, padre...», le siguió diciendo, porque era la única manera que el niño
encontró de consolarle. Don Juan volvió la cabeza, le miró, esbozó una frágil
sonrisa y colocó la mano sobre el hombro de su hijo. Así hicieron su entrada en
la galera. Y se fueron a Brasil.
(...)
29
Después de su frustrante entrevista
con don Juan, el almirante William Carr Beresford volvió a Portugal, pero la
revolución —ésa que tanto temía— estalló mientras viajaba de regreso. Tal y
como había predicho, un grupo de insurrectos, mezcla de liberales, masones,
nacionalistas y seguidores del general Freire —ese al que la brutalidad del
almirante había convertido en mártir—, hartos y desencantados con los sucesivos
malos gobiernos e inspirados por la hazaña del general Riego, iniciaron una
sublevación en Oporto, que luego se propagó a Lisboa. Una fragata le abordó
mientras navegaba por la desembocadura del Tajo hacia la capital, y los
soldados a bordo le comunicaron que no le estaba permitido atracar en el puerto
de la capital lusa. Le informaron de que el Consejo de Estado había sido
destituido por militares portugueses, y que el nuevo régimen había convocado a
las Cortes que, al igual que en España, ejercerían el poder legislativo. Por lo
pronto, el gobierno de los insurrectos pensaba adoptar la Constitución liberal
de Cádiz.
Beresford tuvo que poner rumbo a Inglaterra.
«Las cosas nunca serán igual... —escribió durante el viaje—.Ahora más
que nunca es urgente que el rey o su hijo regresen a Lisboa, antes de que todas
las provincias brasileñas sean también inducidas a la rebelión.» El
almirante estaba empeñado en salvar la monarquía. Pensaba que más valía una
monarquía constitucional que una república, una forma de gobierno poco
experimentada y que en aquel entonces evocaba las huestes sangrientas de los
revolucionarios franceses más que el flamante nuevo Estado republicano de
Norteamérica.
Don Juan entró en pánico cuando se
enteró de lo que estaba sucediendo en Portugal. ¡Así que Beresford tenía razón!
Él había preferido no creerle, pensando que los ingleses le manipulaban por
interés propio, que la mecha de la revuelta no llegaría a prender. Acariciaba
la esperanza loca de que la revuelta se desgastara o que las potencias europeas
se encargarían de aplastarla. Sin embargo, ahora la realidad le colocaba entre
la espada y la pared. Lo primero que habían exigido las nuevas Cortes
portuguesas era su regreso a Lisboa. El rey reunió a la corte y a su gobierno
en conferencias inacabables que sólo alcanzaron el consenso para decidir
prohibir la difusión de cualquier noticia procedente de la metrópoli. Pero la
medida fue inútil: las cartas que llegaban en el barco correo ya habían sido
distribuidas y las calles de Río hervían con rumores sobre la revolución
portuguesa.
El Imperio eres tú, Javier Moro, pp 125-136.
El Imperio eres tú, Javier Moro, pp 125-136.
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