El perfume: historia de un asesino es la primera novela del escritor alemán Süskind, publicada en 1985 bajo el título original Das Parfum, die Geschichte eines Mörders. Inmediatamente se convirtió en un best-seller, traducido a más de cuarenta lenguas en todo el mundo.
El perfume, dividido en cuatro partes y cincuenta y dos capítulos, transporta al lector a un mundo con el que no está familiarizado, "el evanescente reino de los olores", a través de su protagonista, Jean-Baptiste Grenouille. Fuente: Wikipedia
CAPÍTULO 1.
En el siglo
XVIII vivió en Francia uno de los hombres más geniales y abominables de una
época en que no escasearon los hombres abominables y geniales. Aquí relataremos
su historia. Se llamaba Jean-Baptiste Grenouille y si su nombre, a diferencia
del de otros monstruos geniales como De Sade, Saint-Just, Fouchè Napoleón,
etcétera, ha caído en el olvido, no se debe en modo alguno a que Grenouille
fuera a la zaga de estos hombres célebres y tenebrosos en altanería, desprecio
por sus semejantes, inmoralidad, en una palabra, impiedad, sino a que su genio
y su única ambición se limitaban a un terreno que no deja huellas en la
historia: al efímero mundo de los olores.
"En la época que nos
ocupa reinaba en las ciudades un hedor apenas concebible para el hombre
moderno. Las calles apestaban a estiércol, los patios interiores apestaban a
orina, los huecos de las escaleras apestaban a madera podrida y excrementos de
rata; las cocinas, a col podrida y grasa de carnero; los aposentos sin
ventilación apestaban a polvo enmohecido; los dormitorios, a sábanas
grasientas, a edredones húmedos y al penetrante olor dulzón de los orinales.
Las chimeneas apestaban a azufre; las curtidurías, a lejías cáusticas; los
mataderos, a sangre coagulada. Hombres y mujeres apestaban a sudor y a ropa
sucia; en sus bocas apestaban los dientes infectados, los alientos olían a
cebolla y los cuerpos, cuando ya no eran jóvenes, a queso rancio, a leche agria
y a tumores malignos. Apestaban los ríos, apestaban las plazas, apestaban las
iglesias y el hedor se respiraba por igual bajo los puentes y en los palacios.
El campesino apestaba como el clérigo; el oficial de artesano, como la esposa
del maestro; apestaba la nobleza entera y, sí, incluso el rey apestaba como un
animal carnicero y la reina como una cabra vieja, tanto en verano como en
invierno, porque en el siglo XVIII aún no se había atajado la actividad
corrosiva de las bacterias y por consiguiente no había ninguna acción humana,
ni creadora ni destructora, ninguna manifestación de la vida incipiente o en
decadencia que no fuera acompañada de algún hedor.
Y,
como es natural, el hedor alcanzaba sus máximas proporciones en París, porque
París era la mayor ciudad de Francia. Y dentro de París había un lugar donde el
hedor se convertía en infernal, entre la
Rue aux Fers y la
Rue de la
Ferronnerie, o sea, el Cimetière des Innocents. Durante
ochocientos años se había llevado allí a los muertos del hospital Hôtel-Dieu y
de las parroquias vecinas; durante ochocientos años, carretas con docenas de
cadáveres habían vaciado su carga día tras día en largas fosas y durante
ochocientos años se habían ido acumulando los huesos en osarios y sepulturas.
Hasta que llegó un día, en vísperas de la Revolución Francesa, cuando algunas fosas rebosantes
de cadáveres se hundieron y el olor pútrido del atestado cementerio incitó a
los habitantes no sólo a protestar, sino a organizar verdaderos tumultos, en
que fue por fin cerrado y abandonado después de amontonar los millones de
esqueletos y calaveras en las catacumbas de Montmarttre. Una vez hecho esto, en
el lugar del antiguo cementerio se erigió un mercado de víveres.
Fue
aquí, en el lugar más maloliente de todo el reino, donde nació el 17 de julio
de 1738 Jean-Batiste Grenouille. Era uno de los días más calurosos del año. El
calor se abatía como plomo derretido sobre el cementerio y se extendía hacia
las calles adyacentes como un vaho putrefacto que olía a una mezcla de melones
podridos y cuerno quemado. Cuando se iniciaron los dolores del parto, la madre
de Grenouille se encontraba en un puesto de pescado de la Rue aux Fers escamando albures
que había destripado previamente. Los pescados, seguramente sacados del Sena
aquella misma mañana, apestaban ya hasta el punto de superar el hedor de los
cadáveres. Sin embargo, la madre de Grenouille no percibía el olor a pescado
podrido o a cadáver porque su sentido del olfato estaba totalmente embotado y
además le dolía todo el cuerpo y el dolor disminuía su sensibilidad a cualquier
percepción sensorial y externa. Sólo quería que los dolores cesaran, acabar lo
más rápidamente posible con el repugnante parto. Era el quinto. Todos los había
tenido en el puesto de pescado y las cinco criaturas habían nacido muertas o
medio muertas, porque su carne sanguinolenta se distinguía apenas de las tripas
de pescado que cubrían el suelo y no sobrevivían mucho rato entre ellas y por
la noche todo era recogido con una pala y llevado en carreta al cementerio o al
río. Lo mismo ocurriría hoy y la madre de Grenouille, que aún era una mujer
joven, de unos veinticinco años, muy bonita y que todavía conservaba casi todos
los dientes y algo de cabello en la cabeza y, aparte de la gota y la sífilis y
una tisis incipiente, no padecía ninguna enfermedad grave, que aún esperaba vivir
mucho tiempo, quizá cinco o diez años más y tal vez incluso casarse y tener
hijos de verdad como la esposa respetable de una artesano viudo, por ejemplo...
la madre de Grenouille deseaba que todo pasara cuanto antes. Y cuando empezaron
los dolores del parto, se acurrucó bajo el mostrador y parió allí, como hiciera
ya cinco veces, y cortó con el cuchillo el cordón umbilical del recién nacido.
En aquel momento, sin embargo, a causa del calor y el hedor, que ella no
percibía como tales, sino como algo insoportable y enervante -como un campo de
lirios o un reducido aposento demasiado lleno de narcisos-, cayó desvanecida
debajo de la mesa y fue rodando hasta el centro del arroyo, donde quedó
inmóvil, con el cuchillo en la mano.
Gritos, corridas, la multitud se
agolpa a su alrededor, avisan a la policía. La mujer sigue en el suelo con el
cuchillo en la mano; poco a poco, recobra el conocimiento.
¿Qué le ha sucedido?
--Nada.
¿Qué hace
con el cuchillo?
--Nada.
¿De dónde
procede la sangre de sus refajos?
--De los
pescados.
Se levanta,
tira el cuchillo y se aleja para lavarse.
Entonces, de
modo inesperado, la criatura que yace bajo la mesa empieza a gritar.
Todos se
vuelven, descubren al recién nacido entre un enjambre de moscas, tripas y
cabezas de pescado y lo levantan. Las autoridades lo entregan a una nodriza de
oficio y apresan a la madre. Y como ésta confiesa sin ambages que lo habría
dejado morir, como por otra parte ya hiciera con otros cuatro, la procesan, la
condenan por infanticidio múltiple y dos semanas más tarde la decapitan en la
Place de Gréve.
En aquellos
momentos el niño ya había cambiado tres veces de nodriza. Ninguna quería conservarlo
más de dos días. Según decían, era demasiado voraz, mamaba por dos, robando así
la leche a otros lactantes y el sustento a las nodrizas, ya que alimentar a un lactante
único no era rentable. El oficial de policía competente, un tal La Fosse, se
cansó pronto del asunto y decidió enviar al niño a la central de expósitos y
huérfanos de la lejana Rue Saint-Antoine, desde donde el transporte era
efectuado por mozos mediante canastas de rafia en las que por motivos
racionales hacinaban hasta cuatro lactantes, y como la tasa de mortalidad en el
camino era extraordinariamente elevada, por lo que se ordenó a los mozos que
sólo se llevaran a los lactantes bautizados y entre éstos, únicamente a
aquéllos provistos del correspondiente permiso de transporte, que debía
estampillarse en Ruen, y como el niño Grenouille no estaba bautizado ni poseía
tampoco un nombre que pudiera escribirse en la autorización, y como, por añadidura,
no era competencia de la policía poner en las puertas de la inclusa a una
criatura anónima sin el cumplimiento de las debidas formalidades... por una
serie de dificultades de índole burocrático y administrativo que parecían
concurrir en el caso de aquel niño determinado y porque, por otra parte, el
tiempo apremiaba, el oficial de policía La Fosse se retractó de su decisión
inicial y ordenó entregar al niño a una institución religiosa, previa exigencia
de un recibo, para que allí lo bautizaran y decidieran sobre su destino
ulterior. Se deshicieron de él en el convento de Saint-Merri de la Rue
Saint-Martin, donde recibió en el bautismo el nombre de Jean-Baptiste. Y como
el prior estaba aquellos días de muy buen humor y sus fondos para beneficencia
aún no se habían agotado, en vez de enviar al niño a Ruen, decidió criarlo a expensas
del convento y con este fin lo hizo entregar a una nodriza llamada Jeanne
Bussie, que vivía en la Rue Saint-Denis y a la cual se acordó pagar tres
francos semanales por sus cuidados.

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