INTRODUCCIÓN.
Viento
del este, viento del oeste es la primera novela de la
escritora Pearl S.Buck. Fue publicada en el año 1930 y se desarrolla en el
contexto de la China de principios del siglo XX.
CAPÍTULO I.
(…)
—
Kwei-lan, hija mía, estás en vísperas de casarte con el hombre a quien fuiste
prometida antes de haber nacido. Su padre y el tuyo se querían como hermanos, y
juraron unirse por medio de sus hijos. En aquella época, tu prometido no tenía
más que seis años; entonces naciste tú. Así fuiste destinada y con ese fin te
hemos educado.
Tu matrimonio ocupó siempre mis
pensamientos durante los diecisiete años de tu vida. Todo lo que te he enseñado
lo hice teniendo presente a la madre de tu marido y a él. Pensando en su madre
te enseñé a preparar y servir el té a una señora de edad; cómo se debe
comportar una en su presencia, cómo se escucha en silencio cuando habla una
anciana, tanto si es para criticar como para elogiar.
Siempre y en todo te he instruido
en la necesidad de someterte como una flor se somete a la lluvia y al sol.
Pensando en tu marido te enseñé cómo debes ataviarte, cómo se habla con los
ojos y la expresión, pero sin palabras, como... Pero eso lo comprenderás por ti
misma cuando llegue el momento de quedarte a solas con él.
Así, pues, creo que estás bien
educada en todos los deberes de noble dama. Sabes cómo se preparan los dulces y
los guisos aptos para excitar el apetito de tu marido, haciéndole reflexionar
en lo mucho que vales. No olvides nunca lisonjearle con la ingeniosa
preparación de comidas.
En cuanto a la urbanidad y
etiqueta de la vida aristocrática (cómo debes presentarte y despedirte de tus
superiores; cómo has de hablarles; cómo tienes que entrar en la silla de mano y
saludar a la madre de tu marido en presencia de extraños), son cosas que ya
conoces. La conducta del ama de casa, el matiz de sus sonrisas, el arte de
adornar sus cabellos con flores y joyas, la pintura de los labios y las uñas,
el empleo de los perfumes, la perspicacia en la elección del calzado... ¡Ay de
mí, cuántas lágrimas me han costado tus pies! Pero, que yo sepa, ninguna
muchacha de tu generación puede enorgullecerse de tenerlos tan pequeños. A tu
edad, los míos eran un poco más diminutos; y si tengo una esperanza es que los
Li habrán tomado en cuenta mis recomendaciones, vendando más estrechamente los
pies de su hija, la prometida de tu hermano. Pero te confieso que tengo miedo.
Según me han dicho, la hija está versada en la ciencia de los Cuatro Libros; y
en las mujeres, la instrucción ha sido siempre en detrimento de su belleza.
¡Con tal que mi nuera se parezca
a ti, hija mía! Conoces el arte de tocar el arpa, ese venerable instrumento
cuyas cuerdas han vibrado bajo los dedos de muchas generaciones de nuestras
mujeres para deleitar a sus señores. Tus dedos son ágiles, hija mía, y tienes
las uñas largas. Incluso te hemos enseñado los famosos versos de nuestros
antiguos poetas y sabes cantarlos dulcemente con el acompañamiento del arpa. Tu
suegra no podrá objetar nada, estoy segura, en lo que concierne a la bondad de
mi trabajo. ¡A menos que tú resultes impotente para traer hijos varones al
mundo! Pero incluso he pensado en esa eventualidad, y si pasase el primer año
sin novedad alguna, no dejaría de ir al templo con un presente para la diosa.
La sangre me subía al rostro.
Recordando el pasado no lograba convencerme de que lo ignoraba todo con
respecto a los nacimientos y maternidad. En una casa como la nuestra, donde mi
padre tenía tres concubinas que no pensaban más que en concebir y educar hijos,
el deseo de tener hijos varones era una cosa demasiado común para que eso
pudiera constituir los elementos de un misterio. Pero pensar que yo... Mi madre
no veía el rubor que me cubría las mejillas. Absorta en sus pensamientos, se
puso a manosear de nuevo las semillas de melón.
—
Tan sólo existe una incógnita — dijo por último —, y es que tu marido ha estado
en el extranjero, donde estudió las medicinas de esas gentes. No solamente
sé... ¡Pero basta! El porvenir dirá.
¡Puedes retirarte!
CAPÍTULO
II
Mi madre nunca me había hablado
tan extensamente. Hablaba en raras ocasiones y nada más que para corregir o
mandar, tal como era justo que hiciese.
Ninguna de las alojadas en las
habitaciones destinadas a las mujeres podía igualarse a ella, la primera dama,
tanto a causa de su rango como de su capacidad. Hermana, ¿conoces tú a mi
madre? Es muy delgada, su rostro pálido y tranquilo parece esculpido en marfil.
He oído decir que en su juventud, antes de casarse, tenía magníficas cejas, de
esas que llaman «de falena», y los labios delicados como las coralinas nueces
del albérchigo... ¿Y los ojos? La tercera concubina, que no tiene pelos en la
lengua, dijo un día a ese propósito:
—
La primera dama tiene ojos parecidos a joyas tristes: perlas negras que
languidecen por un exceso de ciencia y dolor.
¡Pobre
madre!
De niña, ninguna se parecía a
ella. Mi madre comprendía demasiado bien las cosas; en casa se movía con la
tranquila dignidad que la caracterizaba, manteniendo a raya a las concubinas y
a sus hijas. Los servidores la admiraban, pero no sentían aprecio por ella.
Muchas veces les oía refunfuñar porque ni tan siquiera podían coger las migajas
de la cocina sin que ella se diese cuenta. Sin embargo, no les regañaba nunca
con la violencia de las concubinas cuando se enfadaban. Si algo le desagradaba,
sus labios pronunciaban pocas palabras de reproche; pero las decía con un tono
tan altanero, que producían el efecto de agujas de hielo que penetrasen en la
carne.
A mi hermano y a mí nos trataba
amablemente, pero con seriedad y sin expansionarse, tal como convenía a su
rango en familia. De sus seis hijos, la crueldad de los dioses le arrebató
cuatro en la primera infancia. Esto explica su gran apego a mi hermano, el
único varón. Mientras le quedase un hijo varón, mi padre no podría encontrar
motivo de queja contra ella. Por otra parte, estaba tan orgullosa de su hijo
que llegaba a prescindir del padre.
¿Has visto tú a mi hermano? Se
parece por completo a mamá. Su cuerpo es sutil como el de ella: contextura
delicada, alto y derecho como un bambú joven.
Durante nuestra infancia siempre
estuvimos juntos: me enseñó a escribir, con tinta y un pincel, las primeras
letras de mi cuaderno. Pero él era un mocito, mientras yo no era más que una
chiquilla. Cuando cumplió nueve años — yo tenía seis — le trasladaron de las
habitaciones de las mujeres a las que pertenecían a mi padre.
A partir de entonces nos vimos
raramente; conforme se hacía mayor, consideraba vergonzoso visitar a las
mujeres; además, mi madre no le animaba a que viniese con nosotras.
En cuanto a mí, nadie me permitió
nunca, como es natural, que pusiese los pies en el ala destinada a los hombres.
Recuerdo que una vez, poco después de nuestra separación, me atreví a
acercarme, favorecida por la oscuridad, a la puerta redonda que comunicaba con
las habitaciones de los hombres. Pegada contra la pared, miré ávidamente si mi
hermano jugaba en el jardín, pero únicamente vi a los criados que iban y
venían, llevando recipientes llenos de humeantes manjares. Cuando abrían la
puerta de las habitaciones de mi padre oía el eco de risas, mezclado a un canto
femenino con voz de falsete. Una vez cerrada la puerta, el silencio volvía a
reinar en el jardín.
De pronto, cuando ya hacía un
buen rato que estaba allí, escuchando las risas de los invitados al banquete y
diciéndome que mi hermano también debía de tomar parte en la fiesta, sentí que
me tiraban con fuerza del brazo. Era Wang-Da-Ma, la primera camarera de mi
madre.
—
¡Si te vuelvo a coger espiando — prorrumpió — , se lo diré a tu madre...!
¿Habráse visto una niña tan poco modesta como para curiosear lo que hacen los
hombres?
Pálida
de vergüenza, no pude más que murmurar una excusa:
—
Buscaba a mi hermano.
A
lo que ella respondió con firmeza.
—
Tu hermano también es ahora un hombre.
A
partir de entonces no le vi casi nunca.
Sabía que le gustaba estudiar y
que en poco tiempo se había hecho muy versado en los Cuatro Libros y los Cinco
Clásicos: tanto es así, que mi padre, accediendo por fin a sus ruegos, le
permitió frecuentar un colegio extranjero de Pekín. En la época de mi
casamiento estudiaba en la Universidad Nacional, y en sus cartas no pedía más
que una cosa: que le dejasen ir a América. Al principio, mis padres no querían
oír hablar de eso, y mi madre nunca cambió de opinión en ese respecto. Pero mi
padre no quería que le molestasen y, a fuerza de insistir e importunarle, mi hermano
consiguió su consentimiento.
Durante los dos períodos de
vacaciones pasados en casa a su regreso, citaba frecuentemente un libro al que
llamaba «ciencia», con gran desengaño de mi madre, que no lograba comprender su
utilidad. La última vez que vino, compareció vestido de una manera exótica, y
mi madre no ocultó su desaprobación. Viéndole entrar con aquellos vestidos
negros, que le daban el aspecto de un extranjero, golpeó el suelo con su
bastón.
—
¿Qué significa eso? ¿Qué se te ha metido en la cabeza? ¡No admito que vengas a
mi presencia con semejantes vestiduras!
Mi hermano pareció muy molesto,
pero no tuvo más remedio que cambiar de traje. Durante dos días no compareció,
y mi padre hubo de intervenir, riendo, para que se mostrase de nuevo. Pero a mi
madre le sobraba la razón: vestido a la manera de los nuestros, mi hermano
tenía el aspecto de un estudiante. Las vestiduras extranjeras, que le ocultaban
las piernas, le daban el extravagante aspecto de una persona nunca vista en
nuestra familia.
Es más, durante estas dos visitas
habló muy poco. Ignoro los libros que leía; la preparación de mi casamiento me
había impedido proseguir los estudios clásicos.
Naturalmente, no se hablaba nunca
de su matrimonio; hablar entre nosotros de semejantes argumentos hubiera sido una
incorrección. Por algunas indiscreciones de los sirvientes me enteré, sin
embargo, de que mi hermano no quería oír hablar de su casamiento, y que su
actitud rebelde había obligado a mi madre a retrasar tres veces la fecha de la
boda. Cada vez que esto ocurrió, mi hermano pudo convencer a papá de lo
necesario que sería permitirle continuar sus estudios. Desde luego, yo no
ignoraba que estaba prometido a la segunda hija de los Li, gente importante de
la ciudad a causa de su situación y riqueza. Bastará decir que tres
generaciones a partir del jefe de los Li, habían administrado un cantón en la
provincia, donde el jefe de nuestra casa fue también gobernador de distrito.
Naturalmente, nunca habíamos
visto a la prometida. Mi padre concertó el casamiento antes de que mi hermano
cumpliese un año. Esto imponía a las dos familias cierta circunspección; antes
de efectuarse la boda, visitarle hubiera sido poco decoroso. En cuanto al
noviazgo, nunca se decía nada.
Una
vez tan sólo oí murmurar a Wang-Da-Ma, en presencia de otras sirvientas:
—
¡Es lástima que la hija de los Li sea tres años mayor que nuestro patroncito!
El marido debe ser superior a la mujer, incluso en edad. Pero la familia es de
rancia alcurnia, rica y...
Se
dio cuenta de mi presencia y enmudeció súbitamente, reemprendiendo su labor.
¿Por
qué se negaba mi hermano a casarse? Era incomprensible. Cuando la primera
concubina lo supo, se echó a reír y dijo:
—
¿Se habrá enamorado en Pekín de alguna hermosa muchacha?
Pero
yo no creía que mi hermano pudiese amar algo que no fuese sus libros.
Yo
era la única que pensaba así en las habitaciones de las mujeres.
Es verdad que estaban los niños
de las concubinas, pero mi madre los consideraba como bocas que deben tenerse
en cuenta al calcular las raciones diarias de arroz, aceite y sal; eso aparte,
y luego de encargar la tela de algodón necesaria para sus vestidos, no se
ocupaba más de ellos.
Las concubinas, ignorantes en
grado sumo, se tenían mutuamente celos a causa de las predilecciones de mi
padre. Durante cierto tiempo tenían un rostro encantador, pero su belleza se
marchitaba como una flor cogida en primavera; y con su belleza desaparecían los
favores de mi padre. Pero ellas no parecían darse cuenta de que ya no eran
guapas; y durante días y días, luego de su vuelta, las veía muy ocupadas en
arreglar vestiduras y joyas. Durante los días festivos, o cuando ganaba en el
juego, mi padre les daba dinero, que regularmente se gastaban en dulces o vinos
de su gusto. Cuando habían gastado sus fondos, y en previsión del regreso de su
señor, recurrían a la servidumbre para pedir dinero prestado, que se gastaban
en sandalias y collares nuevos para sus cabellos.
(…)
Cuando fue madre, la tercera
concubina juzgó muy natural que mi padre la volviese a lucir en público, como
antes. Por temor de arruinar su propia belleza, no dio el pecho a su hijo, y
éste fue confiado a una robusta esclava que acababa de dar a luz una chiquilla,
suprimida como es de suponer. El aliento de la esclava olía muy mal; pero era
gruesa y plácida, y el pequeño, que dormía todo el día cogido a su seno, se
encontraba mejor en sus brazos que con su madre. Ésta, por lo demás, se
preocupaba muy poco de él. Los días de fiesta le gustaba vestir al niño de
encarnado y calzarle los pies con unas sandalias que tenían una cabeza de gato
en la punta. Cuando el niño gimoteaba, lo devolvía, inmediatamente y con
impaciencia, a la esclava.
Contrariamente a lo que había
supuesto, el nacimiento del niño no le dio nuevos ascendientes sobre mi padre.
Legalmente había cumplido su tarea, pero, sin embargo, se veía obligada a
encontrar cada día nuevas astucias para conservar su amor, tal como han hecho
siempre nuestras mujeres. Pero todo fue inútil. Su belleza, después de nacer el
niño, no era la de antaño. Su rostro, terso como una perla, se relajó un
poco..., lo suficiente para malograr su aspecto de juvenil delicadeza. Pero no
se daba por vencida, y siguió llevando sedas de color jade, adornándose con
pendientes de jade y dejando oír su risa argentina; pero cuando mi padre salía
de viaje ya no se la llevaba consigo.
Al principio, La-may se extrañó;
luego, tuvo tal acceso de ira, que daba miedo verla. Naturalmente, las otras
concubinas se alegraban, aunque fingían consolarla. En cuanto a mi madre,
acrecentó su amabilidad. Un día oí a Wang-Da-Ma que murmuraba, haciendo alusión
a la concubina en desgracia:
—
Ya tenemos otra cesante a la que habremos de alimentar... ¿Cuándo se hartará el
patrón de las mujeres de esa clase?
A partir de entonces, La-may fue
otra. Desilusionada, su carácter sufría alteraciones; de un período de
irritabilidad pasaba a un tedio profundo, a causa de la existencia monótona que
se veía obligada a llevar en el patio de las mujeres. La-may estaba hecha para
los banquetes, para ser objeto de la admiración de los hombres. Su melancolía
aumentó hasta el punto de atentar contra su vida. Eso, sin embargo, ocurrió
después de mi casamiento. No debes creer que con todo eso la vida era triste en
casa: al contrario, era una vida feliz, y muchas de nuestras vecinas envidiaban
a mi madre a causa del respeto con que mi padre la trataba y que no había
dejado de profesarle, por su inteligencia y la hábil dirección de la casa; mi
madre pasaba, en un silencio ecuánime y generoso, los excesos de mi padre.
Así
vivían honorablemente en paz.
Vientos del este, vientos del
oeste, P. S.
Buck, pp. 14-33.

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