BLOG DE HISTORIA CONTEMPORÁNEA

"El trabajo del maestro no consiste tanto en enseñar todo lo aprendible, como en producir en el alumno amor y estima por el conocimiento."
John Locke.

miércoles, 3 de agosto de 2011

Un día de cólera, fragmentos


INTRODUCCIÓN:

Los siguientes fragmentos están extraídos de un libro de Arturo Pérez-Reverte llamado Un día de cólera. El libro trata de introducirnos en la revuelta contra los franceses que tuvo lugar el 2 de mayo de 1808 en Madrid. En aquellos momentos la familia real española había sido obligada por Napoleón a desplazarse a Bayona (suroeste de Francia), donde el Emperador de los franceses esperaba arrebatarles el trono español. La presencia de un ejército francés en Madrid y el traslado de la familia real a Bayona, estaban despertando la desconfianza del pueblo madrileño, que explotó el 2 de mayo de 1808 en forma de revuelta.

FRAGMENTOS DEL LIBRO.

Inicio de la revuelta (Páginas 58 y 69):
Con tales antecedentes, nadie que conozca al apasionado cerrajero se sorprendería de hallarlo esta mañana en la plaza del Palacio, como se le vio durante el motín de Aranjuez al frente de un grupo de alborotadores que pedían la cabeza de Godoy, o durante los sucesos de ayer domingo, lo mismo abucheando a Murat (comandante del ejército francés) durante la salida de misa y en la revista del Prado, que vitoreando, con otras diez mil personas, al infante don Antonio (hermano menor del rey Carlos IV) a su paso por la puerta del Sol. Según Molina ha contado a sus amigos, no le llega la camisa al cuerpo con los infernales gabachos (término despectivo para referirse a los franceses) de Madrid, y está dispuesto a hacer cuanto esté en su mano por preservar a la familia real de las intenciones francesas. A tal efecto ha pasado buena parte de la noche apostado en una esquina de la calle Nueva, vigilando por su cuenta los correos que entraban y salían de la residencia de Murat en la plaza de doña María de Aragón, y llevando luego, diligente, esos informes a la Junta de Gobierno, sin descorazonarse aunque nadie le hiciera caso y el portero lo mandase cada vez a paseo. Ahora, tras descabezar un breve sueño en su domicilio, y dejando a su mujer asustada y llorosa por verlo en tales pasos, el inquieto cerrajero acaba de confirmar sus aprensiones. En lo que a él se refiere, la reina viuda de Etruria (hija de Carlos IV, rey de España) puede irse con viento fresco donde más aproveche: todos saben que es afrancesada y quiere acompañar a sus padres en Bayona, así que con su pan gabacho se lo coma. Pero arrebatar al infantito, último de la familia que, con su tío don Antonio, queda en España, es crimen de lesa patria. De modo que, junto al carruaje vacío que aguarda frente a la puerta del Príncipe, que tan mala espina le da, el humilde cerrajero, espontáneo adalid de la monarquía española, decide impedirlo, aunque sea él solo y con las manos desnudas —ni siquiera lleva navaja, pues su mujer, con mucho sentido común, se la ha quitado antes de salir—, mientras le quede una gota de sangre en las venas.
Así que, sin pensarlo dos veces, Blas Molina traga saliva, se aclara la garganta, da unos pasos hacia el centro de la plaza y empieza a gritar « ¡Traición! ¡Se llevan al infante! ¡Traición!», con toda la fuerza de sus pulmones».
Primera reacción francesa en la explanada del palacio (pág 70, 71 y 72).
La primera fuerza francesa que desemboca en la explanada, un poco antes de las diez de la mañana, son ochenta y siete hombres del batallón de granaderos de la Guardia Imperial que custodia la residencia del duque de Berg (Murat) en el palacio Grimaldi. Blas Molina, que ha regresado a la plaza tras matar al soldado francés junto a San Juan, ve llegar la compacta columna de uniformes azules con peto blanco y chacós (sombrero militar alto, cilíndrico y con visera) negros. Éstos, comprende enseguida, no son reclutas, sino tropas de élite. Como el resto de la gente entre la que se encuentra, el estado de ánimo del cerrajero oscila entre el estupor y la cólera por la actitud amenazante de los recién llegados. El trayecto desde la cercana plaza de doña María de Aragón lo han hecho los franceses en pocos minutos, y al llegar a la explanada se ven reforzados por dos tiros de caballos arrastrando cañones de a veinticuatro libras y por el resto de la infantería que abandona San Nicolás. Esas fuerzas convergen sobre la puerta del Príncipe y se despliegan en impecable maniobra. El oficial al mando tiene órdenes directas de Murat: repetir la acción de castigo que tan buenos resultados dio a Napoleón en El Cairo, en Milán, en Roma y últimamente al mariscal Junot en Lisboa. De modo que, con la eficacia profesional que corresponde al mejor ejército del mundo, las órdenes se suceden con rigor militar, los artilleros desenganchan las cureñas (armazón sobre el que se monta el cañón) de cañón de sus tiros y los ponen en batería, cargándolos con metralla, y los granaderos se alinean disponiendo los fusiles frente al medio millar de personas congregadas frente al edificio-
  • Va a caer pedrisco –dice alguien junto a Molina.
No hay advertencia ni intimidación previa. Apenas los cañones quedan en batería y los granaderos en dos filas, la primera rodilla en tierra y la segunda en pie, fusiles encarados, un oficial levanta su sable y ordena fuego sin más trámite.
La puerta del Sol. Págs. 76-77. 
La multitud corre de un lado a otro, exaltada, buscando en quien vengarse. El centro de la ciudad es un hervidero de odio. Desde el balcón de Correos, el alférez de fragata Esquivel ve cómo el gentío de la puerta del Sol apedrea a un dragón que pasa a galope, inclinado sobre la crin de su caballo, en dirección a la carrera de San Jerónimo. Por todas partes suenan gritos llamando a las armas y a la montería de franceses, y el populacho empieza a lanzarse sobre éstos cuando los encuentra aislados, sorprendidos en las puertas de sus alojamientos o camino de los cuarteles. Muchos oficiales, suboficiales y soldados pierden así la vida, acuchillados al poner el pie en la calle. En los primeros momentos, además del sargento de caballería polaca, dos militares imperiales son asesinados frente al teatro de los Caños del Peral, tres mueren degollados en la plaza del Conde de Barajas, y dos apuñalados con tijeras de sastre junto a la taberna del arco de Botoneras. Y a otro polaco, de los que montan guardia en la plazuela del Ángel frente al palacio de Ariza –residencia del general Grouchy-, le descargan un trabuco en la espalda. Mucha gente hecha a la rapiña y la navaja sale a pescar en río revuelto, con el resultado de que a los cadáveres franceses se les despoja de bolsas, anillos, prendas de ropa y cuantos objetos de valor llevan encima.
(…)
De los barrios más broncos, a los que van llegando noticias de balcón en balcón y de boca en boca, convergen hacia las calles céntricas grupos de chisperos, manolos y gentuza encolerizada, con el aliento de numerosas mujeres que los acompañan y jalean, para atacar a todo francés con que se topan. No hay soldado imperial a pie o sentado que no reciba palos, navajazos, pedradas, golpes de tejas, ladrillos o macetas. Una de éstas, arrojada desde un balcón de la calle del Barquillo, mata al hijo del general Legrand –que ha sido page personal del Emperador-, derribándolo del caballo ante la consternación de sus compañeros (…).
Arriba, cuadro de Goya sobre el 2 de mayo.
 Palacio Grimaldi. Páginas 88 y 89.
«—Quiero a los marinos de la Guardia protegiendo esta casa, y a mis cazadores vascos en Santo Domingo. Usted, Friederichs, asegure con sus dos batallones de granaderos y fusileros la plaza de Palacio y la entrada a la Almudena y la Platería... Que la tropa tire sin compasión. Sin perdonar la vida de nadie, sea cual sea la edad o el sexo. ¿Está claro?... De nadie.
Sobre un plano de Madrid extendido en la mesa —español, aprecia el joven Marbot, levantado hace veintitrés años por Tomás López—, Murat repite sus órdenes a los recién llegados. El dispositivo, previsto hace días, consiste en traer a la ciudad a los veinte mil hombres acampados en las afueras; y con los diez mil que ya hay dentro, tomar todas las grandes avenidas y controlar las principales plazas y puntos clave, para evitar el movimiento y las comunicaciones entre un barrio y otro».
Puerta del Sol. Pág. 140, 141. 
 ¡Ahí están!… ¡vienen delante los moros!
Cuando la vanguardia de jinetes desemboca de San Jerónimo en la puerta del Sol, entre el hospital e iglesia del Buen Suceso y el convento de la Victoria, el primer movimiento de la multitud desarmada es dispersarse por las calles próximas, esquivando los caballos lanzados al galope y los alfanjes de los mamelucos (soldados de origen turco  o asiático que sirven en el ejército de Napoleón), que hacen molinetes sobre sus cabezas tocadas con turbantes y descargan tajos contra la gente que corre indefensa. Empujado entre la desbandada general, el presbítero de Fuencarral don Ignacio Pérez Hernández intenta refugiarse en un portal. Allí ayuda a un anciano que ha caído al suelo y se expone a ser pisoteado, cuando por todas partes surgen voces de cólera, incitando a no retroceder y plantar cara.
- ¡A ellos, rediós!... ¡A por esos moros gabachos! ¡Que no pasen!

A su alrededor, espantado, el presbítero escucha el clac, clac, clac, de innumerables navajas que se abren. Cachicuernas albaceteñas de siete muelles, con hojas de entre uno y dos palmos de longitud, que los hombres sacan de las fajas, de los bolsillos, de bajo los capotes y las chaquetas, y con ellas en las manos se lanzan ciegos, gritando encolerizados, al encuentro de los jinetes que avanzan.
¡Viva España y viva el rey!... ¡A ellos!... ¡A ellos!
El choque es brutal, de un salvajismo nunca visto. Tan ebrios de ira que algunos ni se preocupan por su seguridad personal, los madrileños se meten entre las patas de los caballos, se agarran a las bridas y se cuelgan de las sillas, apuñalando a los mamelucos en las piernas, en el vientre, destripando a los caballos que caen patas al aire coceando sus propias entrañas.
¡A ellos!... ¡Que no quede moro vivo!
Mujeres en el combate. Páginas 221 y 222
También combaten la malagueña Juana García, de cincuenta años; la vecina de la calle de la Magdalena Francisca Olivares Muñoz; Juana Calderón, que tumbada en un zaguán carga y pasa fusiles a su marido José Beguí; y una muchachita quinceañera que cruza a menudo la calle sin inmutarse por las descargas francesas, llevando en el delantal munición para su padre y el grupo de paisanos que disparan contra los franceses desde el huerto de las Maravillas, hasta que en una descarga cerrada cae muerta por una bala. El nombre de esta joven nunca llegará a saberse con certeza, aunque algunos testigos y vecinos afirman que se llama Manolita Malasaña».
Arriba, Malasaña y su hija, de Álvarez Dumont.

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